21.2.06

Negando la historia de salvación de María

Este blog y los lbiros con él relacionados parten de la intuición la negación escondida de la acción de María. Hay muchos procedimientos para ello sin que sean explícitos, uno de ellos es considerarla una figura idealizada, una figura limitada a la formulación de dogmas, una figura meramente circunstancial en la existencia de Jesús, o peor aún, una figura peligrosa invocada por el ultraísmo fundamentalista.
Un texto tomado de Teologías deicidas, del padre Bogorje S.J., revela sin embargo una negación explícita, centrada en este caso en una Virgen llena de historicidad, la Virgen de Guadalupe:

"un texto de Juan Luis Segundo donde queda de manifiesto, a través de su argumentación, esa concepción inmanentista de la salvación. Tratando del fenómeno de la devoción popular a la Virgen de Guadalupe, Segundo afirma que para los criterios del mundo moderno, la Virgen parece que ha desamparado a ese pueblo y no ha cumplido su palabra de aliviar sus penas y dolores y que por lo tanto la adhesión de ese pueblo no puede durar, si se conscientiza, porque las preguntas que plantea «no tienen respuesta»:
«En la concepción del mundo moderno —dice Segundo—, esa concepción de una ‘alianza’ entre la Virgen [de Guadalupe] y el mundo de los indios mexicanos, es decir, de los pobres, no puede durar» [...] «Si la Virgen ha elegido a los pobres y humildes y está dispuesta a ‘aliviar sus penas y dolores’, ¿por qué pide un santuario? En 1531, durante la etapa más inhumana de la conquista ¿por qué no pide algo que afecte más directamente al indio y que frene la destrucción de su cultura y su marginación nueva? [...] ¿Cómo compaginar esa ‘ayuda mutua’ con la miseria que, cuatro siglos y medio después, continúa arrastrándose a ese santuario que la Virgen pidió por intermedio del pobre indio y en beneficio de los indios? Esta pregunta, que amenaza con destruir toda la hipótesis de la ‘alianza’ edificada dentro de la comunidad ‘cristiana’, está ya a flor de la conciencia, digamos, en algunos comentadores. Comprueban ellos que la situación es virtualmente la misma que la de siglos atrás para los indios [...] ¿cuánto durará en estas comunidades populares el aprecio por una devoción que, desde el comienzo hasta hoy, ha estado actuando como un ‘alivio’ religioso no transformador de su miseria real?»

Tremendo escrito, que niega los hechos de María: las curaciones incontables, la humanización de los conquistadores, la elevación espiritual de todos, el freno sin cuento de muchísimas desgracias el consuelo de las almas a millones, y la final salvación de todas las que un día se conocerá.

Sigue diciendo Bogorje S.J.:
"Mete primero al éschaton dentro de la historia, pero luego lo proyecta en el futuro intrahistórico. Aunque esta teología política se formule como teología de la «esperanza», su esperanza no tiene ya por objeto la comunión con la Vida divina, ni tiene en cuenta que ella comienza desde ahora, sino que se limita esencialmente a este mundo como sociedad humana y a sus fuerzas transformadoras. Esta teología se ha hecho teología del mundo y teología de la esperanza para el mundo. Termina, pues, en lo mismo que el ateísmo absoluto, del cual se ha dicho algo que se le aplica a la teología de la esperanza por igual: «termina con una sumisión reverente y postrada al todopoderoso movimiento de la historia, en una especie de sagrado abandono, mediante el cual el alma humana se entrega al ciego dios de la historia [...] Prosternándose ante la historia. Su rompimiento con este mundo de injusticia y de opresión no era sino superficial y pasajero. Está ahora sometido a las órdenes del mundo más que nunca»
Pero, sin advertirlo, no sólo ha dejado escapar la eternidad, sino que ha dado la espalda a lo más consistente de la historia que son las historias individuales. Ha dado la espalda, ha menospreciado la microhistoria que Dios atesora, la historia de la que cada pobre visitante del santuario es protagonista y responsable. Parece tan ciega para esa dimensión de la historia quizás porque al no tener eficacia política mensurable, su gloria no la miden los hombres, sino sólo la mirada de «Aquél que ve en lo secreto». En ese ámbito de la realidad secreta, que sólo Dios ve, pero del que ninguna teología debería prescindir sin correr el riesgo de olvidar lo que es y dejar de ser teología, el pobre visitante del santuario tiene los poderes de un rey, en cuanto que es el responsable supremo y último de un orden y de un bien común cuyo gobierno se le ha confiado. Él forma parte de un pueblo de reyes, que juzgarán a los poderosos de este mundo al fin de los tiempos, pero no sólo entonces, sino que también los están juzgando desde ya con el juicio de sus vidas. Esos reyes tienen un poder que llega a ámbitos donde el poder político no llega, y donde la razón «ilustrada» naturalista es incapaz de reconocerlos.
A la racionalidad moderna, liberal o marxista, este lenguaje que no hace sino describir hechos de fe con lenguaje de fe, le suele sonar a «predicación» o a «piedad». No reconoce en él calidad de teología «científica». La teología política pasa en silencio no sólo la esperanza verdadera, sino la dimensión -terrena, por más «mistérica» que sea-, en que esa ha comenzado ya dentro de la historia. Su ceguera para la es también una ceguera para una dimensión de la historia: el micromundo de los corazones, que es el macromundo divino de la gracia. Tampoco Jesucristo vino por el camino político, y de esto tendría que empezar dándonos razón la teología política, sino que eligió ese otro camino por el que las multitudes creyentes del santuario sabiamente transitan. Su Madre, en el Tepeyac, no fue una incoherente. Actuó en plena coherencia con los caminos de su Hijo, con sus fines y sus medios. Apuntando a corregir esta mancha ciega en la visión de estos pensadores, se ha afirmado que: «En América Latina son los pobres y los oprimidos quienes más sabiamente resistieron las agresiones culturales, mejor preservan y condensan la cultura popular latinoamericana, y cuyas aspiraciones legítimas mejor se orientan a la justicia y el bien común. Por ello forman la médula del proceso de liberación social y cultural». Y eso sucede en América Latina donde -y porque- esos pobres son portadores de la cultura criollo-católica y depositarios de la sabiduría evangélica de la , la cruz y el juicio.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

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semelokertes marchimundui

10:18 a. m.  

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